06 diciembre 2008

Lejano cercano

El verdadero dolor de la muerte es la distancia, que extiendas la mano y no logres alcanzar al otro, al que te importa, o a ella, la que amas (si no tienes inconveniente, deja que estas letras giren en torno de ella y apenas un poco de los otros). Por eso la separación o el desamor son como morirse, porque nos dejan al borde de un abismo hondo e insalvable y en la otra orilla, ella borrosa, como un espejismo. Nos atormenta la duda de si sigue siendo real, si sigue ahí; pero aunque lo supiéramos con certeza, ¿qué del abismo?

La época navideña destila nostalgia, precisamente por lo que no está, por lo que se ha alejado en el espacio y en el tiempo. En mi casa habrá siempre una silla vacía (al menos una). Hay distancia pero no hay olvido; en este caso ella era mi hermana.

Otra hierba que alimenta esa tristeza decembrina tan delgadita es la lejanía de la infancia inacabada, de los cabos sueltos. Lo bueno es que no es tan trágico porque siempre habrá algunos niños cerca dispuestos a heredar la sencilla misión de ser felices con total simpleza, sin importar las vueltas y revueltas del mundo. Verlos es una suerte de alegría por sustitución; y eso vale, por supuesto.

Otra distancia es la limitación de no ser omnipresente. A lo largo de la vida vas atándote a la gente, que no es familia pero igual reclaman su trozo de corazón y pensamiento. Cuando llega el día de la cena familiar, del club exclusivo de lo consanguíneo, descubres que también te gustaría darte una vuelta por donde están en ese momento los amigos. Nomás para echar de habladas, repartir abrazos, confirmar que sigues al alcance. Sería genial poder estar en varias partes a la vez aunque fuera un día.

Están también los dolores del prójimo próximo, muchas veces inesperados. En estos días el abuelo tuvo un accidente; está algo mal, pero lo que realmente tiene enferma es el alma. A ratos no quiere saber más de nada. Ella se le murió hace un par de años y al abuelo le quedo un vacío gigantesco, un vacío entero que quema. Los hijos tal vez quisieran amarrarlo a esta vida para no heredar el vacío. La vida no es justa, es todo lo que puedo decir.

Cada fin de semana desde la ventana del comedor escucho que un muchacho habla por teléfono largamente. Es extranjero; a veces creo que es su madre quien está al otro lado. Su charla fastidia porque es escandalosa. Sin embargo, reconozco que es justa y necesaria. Y es que me recuerda que en mi adolescencia me encantaba una niña de mi grupo de segundo de prepa. No tenía teléfono en la casa y me iba a la esquina al teléfono público, que funcionaba con monedas. Me acomodaba y sacaba una veintena de monedas para hablar toda la tarde... hasta que se formaba una fila detrás de mí; la gente nomás de ver mi pila de monedas, se indignaba. Las señoras protestaban, los señores hablaban de prioridades y yo acababa colgando, atormentado por la distancia que no lograba salvar de una buena vez.

Luego de 20 años me reencontré con un amigo por email. En aquel tiempo él usaba unos jeans tan fachosos como los míos, estudiábamos medicina, nos encantaba el fútbol americano y el campismo. Con esa combinación bastaba para ser los mejores amigos. Planeamos encontrarnos dentro de unos días con nuestras familias.

La distancia también puede acortarse. Son compensaciones de la vida.

Hay otras treguas disfrutables. Tengo una amiga muy entrañable. La palabra que se usa para decir que ella me importa mucho es "cercana" y no es coincidencia. Cuando ella quiere estira la mano hacia acá, hacia el norte y sí me alcanza. Cuando yo quiero no estiro la mano, mejor la abrazo y hablamos de la vida cotidiana y de lo que se nos pega la gana. Me gusta como suena eso: "ella me importa".

Dios está cercano. Eso sí que vale. Lo cual me recuerda la razón por la que la temporada navideña, con todo y sus déficit, sigue siendo de lo mejor.

3 comentarios:

Meruchinas dijo...

Leerlo melancólico es tan extraño.

figne alberto dijo...

conviene mantener húmeda la paleta emocional y aunque sea en un rincón a salvo dar brochazos para que ni el corazón ni los riñones se entuman ante la dictadura del encéfalo, que es un creído (y tiene razón).

la caja de pandora se ha abierto, merab, ¡que se cuiden en el olimpo!

ZaRaí dijo...

Profe escriba algo sobre el relativismo visión cristiana