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24 octubre 2008

Tiempo del fin. día del Señor

lo importante es quién viene, no la segunda venida como noticia

un paralelo con la historia de jeremías

Jeremías fue un profeta que vivió con el corazón en la mano y el Jesús en la boca. Dios lo llamó a una tarea que le estrujaba el corazón todos los días. Se la pasó llorando por su gente, haciendo corajes contra sus enemigos, desesperado por las calumnias. Siempre a un tris de morirse de pena.

La nación a la que tuvo que predicarle tenía algo más de 800 años de existencia. No son pocos, y si le sumamos el tiempo de los patriarcas tenemos que como pueblo escogido desde Abraham acumulaban la friolera de 1,400 años. No todo mundo puede jactarse de esa historia.

El tiempo transcurrido fue más que suficiente para modelar la imagen tradicional de los israelitas... por fuera. Eran, en el papel, el único pueblo monoteísta, poseedores de una misión mundial y dotados de dones sobrenaturales. Al lado de las demás naciones lucían excéntricos, demasiado diferentes para suponer que su modo de ser fuera producto de su ingenio o la creatividad de algún líder visionario. Su dios oficial, por mencionar algo, era invisible, santo hasta el extremo y alegaba ser el creador de todo, de todo, de todo. De t-o-d-o.

Eso es demasiado.

Lo mejor del asunto es que los israelitas tenían en las manos las pruebas de que era cierto. Pero lo inexplicable es que en 1,400 años el tiempo de verdadera fidelidad de Israel al Dios que los había salvado era ridículamente poco. Su rebeldía era tan constante que llegó un momento en que se incorporó a la esencia de la nación. Primero internamente; por fuera siguieron siendo jehovistas, pero en el fondo envidiaban a los otros, los libres, los que podían creer en lo que les diera la gana y tener esas orgías de dioses en cantidad. No pasó mucho y al fin salieron del clóset y de una vez llevaron ídolos al mismísimo templo de Dios.

Ésa fue traición de la peor calaña.

Ahora es cuando aparece Jeremías, cuando la nación se dirige alegremente al precipicio. Babilonia, al oriente, ha acabado con los temibles asirios, los lejanos lidios y pronto humillará al poderoso ejército egipcio. En medio del escenario, Palestina. Y ahí, lo que queda de Israel, el reino del sur, Judá, y el resto desnutrido de las doce tribus, lo que sobrevive.

El mensaje de Jeremías fue simple y repetitivo: "Hermanos, Dios los eligió para que fueran santos y sus mensajeros; hizo un pacto con ustedes: si son fieles, podrá protegerlos y bendecirlos; si no lo son, nos los obligará, tendrá que irse y los dejará a su suerte". Ay, pero eligieron romper el pacto; querían las bendiciones pero no las responsabilidades. Ay, de tanto ver las pulidas piedras del templo lo imaginaron casi con vida propia. No podía ser cierto lo que decía el profeta; a Jerusalén no puede pasarle nada ¡porque aquí está el templo sagrado!... ni modo que Dios destruya su propia casa, ¿verdad?

Dios era un padre persistente, pero se le habían acalambrado los brazos de tanto extenderlos; esos hijos ingratos lo habían humillado demasiado. Agradecían a figuras inertes de madera y piedra la lluvia de Dios; adoraban imágenes repugnantes y suponían que Dios, al fin un dios, estaba confinado a las fronteras físicas de Judá, obligado como el genio de la lámpara a conceder deseos.

Las profecías falsas caían una a una sin cumplirse, mientras los dichos de Jeremías se cumplían con estremecedora exactitud. Y aunque los profetas falsos mentían descaradamente, los judíos les creían y perseguían a Jeremías ¡por decir la verdad!

Un día la ciudad santa amaneció rodeada por las hordas incontenibles de Babilonia. Jeremías volvió a tener razón y por eso lo echaron en un pozo fangoso, para matarlo lentamente, enterrado en vida.

El asedio contra Jerusalén duró tres años. Las madres delicadas y correctas se habían comido a sus hijos pequeños por la hambruna. Jeremías, ay, tuvo razón otra vez; tristes profecías cumplidas que sólo hablaban de desolación. Los muertos se acumularon en las calles. El templo de Salomón, descuidado, profanado, estaba sentenciado.

Un día ya no hubo ciudad. Los babilonios entraron para arrasarla, quemaron palacios y casas, derribaron los muros. Mataron a los nobles, expulsaron a todos, robaron todo, dejaron nada. Sólo cerros de muertos, sin rey, sin nobles, sin sacerdotes, sin templo, sin muro, sin alma se quedó el país rebelde y ligero.

Jeremías llora ríos; no es tristeza, no es pena, es un puñal clavado en los pulmones que no lo deja respirar, es un mazazo en el pecho que lo dejó seco y con la entraña muerta. Sus hermanos están muertos y Dios se fue. Él lo vio irse, Dios con la cabeza gacha. Es más de lo que se puede aguantar.

Esas calamidades cataclísmicas eran de una dimensión tan extraordinaria que en el Antiguo Testamento se conocieron genéricamente como "día de Jehová".

Qué bueno que descansas en tu tumba, Jeremías, porque viene, está cercano, el gran día del Señor. La calamidad amenaza al mundo entero, pero esta vez algunos escucharán, porque no hablamos como tú sólo a un pueblo sin remedio; somos Elías en el cerro y ahora sí saldremos ganando.

09 junio 2007

La frontera ética de la música

La música ha sido siempre una preocupación para los adventistas del séptimo día. Bien sea por conciencia o por un sentimiento de culpa o por la sensación de sentirnos aprisionados. Suele ser un estira y afloja entre liberales y conservadores.

He estado en muchos foros donde se discute el tema. La triste verdad es que nunca he escuchado una exposición concluyente. No quiero decir que exista una última palabra para definir la música buena y distinguirla de la mala (quizás comenzar así la discusión es el primer error); me refiero a que no se arriba a una conclusión razonada y razonable, no se logra dibujar un panorama satisfactorio.

Pero anoche tuve una revelación (no, no soy profeta, sólo hablo que la musa me asaltó, la musa poética, entiéndase). Les cuento:

Resulta que mi amigo Jairo me invitó a un culto de vertice24, un grupo de chavos adventistas que tienen meses reuniéndose los viernes para hacer un culto fresco y juvenil. La invitación incluía presentar un pequeño tema. Ya él me había explicado que parte sustancial del culto lo constituían las alabanzas, que no era otra cosa que cantar himnos religiosos. Mi preparación mental no fue suficiente para impedirme la sorpresa que me causó ver que los músicos acompañantes interpretaban con guitarra eléctrica, bajo, batería y un teclado. Podrás imaginarte que los cantos estaban a tono con esos instrumentos.

Para que entiendas lo que te digo, debes saber que yo soy un tipo 95% racional, 2% emocional y 3% de argón y otros elementos químicos inertes. Además, transito los 45 años, estoy casado y tengo dos hijos adolescentes, me eduqué en un ambiente izquierdista, escucho música clásica y latinoamericana, además de rock de los 50 y 60, y soy en general un adventista conservador. Bueno, pues lo de ayer, viernes, era todo lo opuesto: chavos entre los 20 y 30, estudiantes universitarios o jóvenes profesionistas, supongo que casi todos solteros, entonando piezas 110% emocionales. Otro mundo, ¿eh? (¡Capaz que eran panistas! ¡noooo!).

Si no fuera porque una dama de edad nos acompañaba yo hubiera sido el más veterano de los presentes. Quizás por eso, y porque me tocó exponer el tema (divertido, como suele ser mi consigna), ocurrió que en varios momentos diferentes algunos de los que asistentes, ya habiendo salido de la reunión, me preguntaron qué me había parecido. Yo intenté respuestas amables pero dudo que haya sido preciso; no quería decir que me disgustó o que fuera malo (ya sabes, que lo calificara como moralmente malo, teológicamente malo, religiosamente malo), pero no podía decir que me encantó porque creo que no. Es difícil separar las convicciones del sentir, las ideas correctas del gusto, pero de eso se trata precisamente esto.

Lo que vi y oí fue sorpresivo, me pareció bien de la misma manera que me parecen bien las gracias de mi hijo de 11, aunque yo nunca las haría. En otras palabras, fue bueno, me pareció enriquecedor y estimulante, pero no creo que yo seguiría esa ruta, por mi edad, mi estilo, mi ideosincracia, mis gustos, por lo que sea, porque quiero otro tipo de comida religiosa, vaya.

Pues bien, sucede que de vuelta a casa charlábamos Jairo y yo y ahí se fue armando la idea que da pie a este post.

Ocurre que, como puedes leer en vertice24.com, los chavos también se cuestionan sobre la música. Obviamente ya no los llena la música que tradicionalmente ofrece la iglesia adventista, de raíces europeas del siglo XVIII y estadounidenses del siglo XIX. Pero al mismo tiempo hay entre ellos gentes que parecen centradas y no quieren avanzar demasiado rápido. Entonces surge la pregunta de dónde está la línea que separa lo bueno de lo malo. Entre las respuestas surgen dos cuestionamientos clásicos (nada nuevo bajo el sol, ya sabes): que quién fregados se atreve a trazar la línea (con qué autoridad, quién lo pone, quién decide… todo eso, pero sin el “fregados”, que es mío) y por qué se ha de poner medida a la adoración que con sinceridad se ofrece a Dios (o sea, quiénes somos los demás para juzgar si eres sincero al adorar con tal música o no).

En realidad las discusiones sobre la música se enredan por argumentos como estos dos. Comienzo por el segundo: ¿Quién dijo que era una cuestión sobre la sinceridad? Ojalá, porque entonces sería fácil y el lema sería: vive y deja vivir. El problema es que en lo que respecta a la música cristiana, como en muchos otros asuntos, la sinceridad es sólo uno de los elementos y, en algunos casos, ni siquiera es el más importante, por no decir que la sinceridad no nos salva necesariamente de los errores ni los excusa.

En cuanto al primero: ¿Quién dice que se trata de una línea que hay que cuidar, una frontera luego de la cual reina la maldad? Esta es una simplificación peligrosa, por decir lo menos. También ojalá que fuera sólo una línea, y que además se quedara quieta. Sería cosas de descubrirla o trazarla y poner señales monumentales para que siempre fuera visible.

Pero no. La vida humana es compleja y así lo son las posturas éticas que asumimos. No hay una línea separando lo bueno de lo malo; en todo caso es un poliedro, un cuerpo de muchas caras, sumamente complicado. La frontera, pues, es multidimensional. Una de tales dimensiones es el gusto personal, por eso puedo condenar yo, personalmente, a las berenjenas, porque no me gustan; para mí son malas, aunque no lo son universalmente; ah, pero el root beer es otro cantar. ¿Que no te gusta porque sabe a medicina? ¿que es un líquido infame que acabará por matarme? Bah, dices eso porque no te gusta (de lo que te pierdes).

También está la sinceridad que menosprecié hace rato, que es más determinante cuando falta. Digo, ¿de qué serviría la elección más apropiada si no somos honestos en el fuero íntimo?

Otra cara más del poliedro fronterizo: la cultura. A algunos les preocupa este factor porque no creen que los vaivenes culturales deban ser los que determinen lo bueno y lo malo, porque si no, a la vuelta de una generación los valores son capaces de invertirse por completo y no, se trata de vivir por principios. Ya adivinaste que esto lo dicen los ortodoxos, porque los otros ven en la cultura la tabla de salvación; después de todo, vives en una cultura particular que te moldea, ¿por qué no tomar lo bueno? ¿Por qué no habrías de cantar himnos cristianos con música ranchera si eso es todo lo que sabes?

Yo sólo te digo: está bien, la cultura cuenta, pero no es lo único. Es el tercer factor y faltan más (no necesariamente los menciono en orden de importancia).

Está la coyuntura (anda, no seas flojo, busca en el diccionario el significado), la idiosincracia, los efectos (“por sus frutos los conoceréis”), las intenciones, los propósitos, el prestigio (sí, el carácter de quien compone o interpreta cuentan algo), los otros (de lo que te hablaré en otro post), y también entra la calidad de la música en sentido técnico y no sé cuántas cosas más.

En fin, no es una línea la que hay qué definir sino muchas líneas; o más bien, espacios. Que, por si fuera poco, se van moviendo, porque hablamos de una experiencia dinámica, como lo es la experiencia de las personas. Algunos apuestan a quedarse quietos hasta que los atropella la frontera trasera (que también va avanzando) y acaba empujándolos a fuerza. Otros apuestan a ir siempre más delante de esas fronteras espaciales, experimentando o metiéndose en terrenos fangosos.

Válgame, esto suena tan complicado que se ve difícil que funcione como una guía para elegir; no parece práctico. Pero no digas eso (al menos no en voz alta) porque creeré que te da flojera pensar y decidir ¡que es precisamente lo que nos hace seres humanos!

Con un ejemplo culinario verás que no es tan difícil, aunque que sea complejo no puedo negarlo.

Dime, ¿es bueno comer pizza? Me dirás depende. Y sí, si odias la pizza (gusto) la cuestión se acaba; o si tienes sobrepeso o eres alérgico al queso mozarela (idiosincracia) o nadie la hace en tu pueblo, que en cambio es especialista en sopes y huaraches (cultura), o si la hacen no les sale bien (técnica) o si te la ofrecen para envenenarte ¡porque eres alérgico! (intenciones), etc., resulta mala, mala. Pero si eres flaco, cosmopolita y conoces una excelente pizzería, pues no habrá manera de decir que no. ¿Cómo podríamos condenar a una pobre pizza desvalida e indefensa? ¡Nunca! Es buena y se acabó.

Ahora bien, ¿piensas en todo eso cuando decides comer pizza? ¿consideras las calorías, la combinación de ingredientes, la hora del día en que la comes, si tiene peperoni o no (es puerco, recuerda) y mil cosas más? No respondas que no; yo creo que sí lo piensas, pero en un proceso mental que es en parte automatizado e integral. Durante años oíste discursos de tu mama sobre las vitaminas y las proteínas y que debías comer para ser fuerte y sano, y además has visto elgourmet.com o el discovery channel y algo se aprende, ¿verdad? Todo lo que has aprendido a lo largo de años te ha llevado a ser capaz de analizar en cuestión de segundos si es bueno comer o no pizza (lo cual no quiere decir que tomes siempre una decisión correcta, aunque no puedes decir que no tengas suficientes elementos para juzgar).

Esto mismo debe ocurrir con la música. Empaparnos de tal manera de todos los elementos que intervienen para que podamos analizar una música o un género sin complicaciones… está bien, lo admito, lo que sí es complicado es lo que quiere decir “empaparnos”, porque, a diferencia de lo que pasa con la comida, no suelen enseñarnos desde la infancia a juzgar el arte, a debatir, a indagar, a cuestionar y ahora que estás grande da flojera o miedo estudiar el asunto, o simplemente nos hemos acostumbrado a que alguien debe hacerlo y que nos cuente sus resultados en un libro (bestseller de preferencia). Pero así no funciona, porque aún faltaría incluir los elementos que dependen de tu persona: tu ideosincracia, tu experiencia pasada y presente, tus motivaciones.

¿La moraleja? Que no hay más remedio que pensar…

Empujando la liturgia

¿Qué es lo esencial de la liturgia? ¿El destinatario de la adoración? ¿el adorador? ¿las formas? ¿el fondo? Como cualquier conjunto de reglas, las normas que definen la liturgia cristiana pretenden optimizar el ambiente y las condiciones en las que se encuentran creador y criatura, adorado y adorador. Se supondría que el encuentro es lo central, que dos inteligencias estén cara a cara para interactuar, poniendo sus voluntades a trabajar en ese fin, intencionadamente, decididamente.

¿Cómo es que pronto las formas opacan el fondo? Lo que era novedad de experiencia, frescura estimulante, va haciéndose tradicional y, muchas veces, pierde su brillo. La historia del origen de una iglesia, por ejemplo, se desdibuja para quienes no estuvimos y sólo nos queda hojear un álbum de fotos cuyos protagonistas desconocemos. La tradición nos deja sólo experiencias de oídas, que otros vivieron, que nosotros representamos en un escenario que no entendemos del todo. Cuánto nos falta renovarnos.

Pero momento, si quisiéramos apostar a implementar sólo ideas nuevas permanentemente, ¿no estaríamos en la incertidumbre constante?

Ah, estamos errando la discusión. Íbamos bien: Se trata de establecer las condiciones para el encuentro, de modo que las formas deben perdurar mientras sirvan a esa relación, la mantengan saludable y satisfactoria. La cuestión es que las relaciones humanas son como un idioma, que se mueve, crece, palpita y vive.

Ilustremos el caso: Un día quedamos de vernos con Dios en el patio de su casa; sentados en sillas de jardín, bebiendo, ¿por qué no?, un jugo de naranja rico, dulzón; y charlamos masajeando los pies descalzos contra el pasto apenas húmedo. Le decimos a él cuánto lo queremos y reímos escandalosamente, ensayando maromas en el prado o lanzando piedritas al lago vecino; acaso colgados de cabeza de ese árbol grande y centenario. A ratos callados con la mirada ida, hacia aquel cerro o en la hormiga que recorre el bosque de los bellos del brazo. Diremos entonces que el protocolo impone que, en esos encuentros con Dios, el calzado obligatorio sean sandalias, que combinen con ropa veraniega. Y sin música, claro, ¿para qué si hay brisa del campo y decenas de chicharras escandalosas y el canto nos brota como si nada, ruidoso, tan del corazón, como si surgiera del centro del vientre, explotando hacia arriba y levantándonos los brazos?

Pero no siempre se puede, porque a veces llueve a cántaros y el patio se pone imposible. O algo más serio: se nos muere alguien y mejor sentarnos en el estudio o en la biblioteca de la casa de Dios, que es un lugar sobrio y silencioso, para no reírnos, para llorar quedo, para que Dios nos consuele. Las sandalias no quedan, y no que la muerte merezca ceremonias y por eso el vestido formal y oscuro; más bien, como nos duele la distancia del que se fue, su ausencia sin remedio que cala, celebramos con rigor su memoria y nos acogemos al rito funeral para digerir la pena. Es otra liturgia, pues.

Y las cosas no sólo cambian en circunstancias de día a día, sino a lo largo de épocas. Dios se mantiene vigoroso, padre y empresario del universo, pero las personas envejecemos, nos vienen los hijos, el trabajo se complica, y las cuentas del banco y los análisis del médico y otras pérdidas que no son muertes, pero como si lo fueran, todo se complica y se complica. Entonces maduramos, aprendemos a ver mucho de la vida con desconfianza y desapego, y a apoyarnos más en las pocas cuestiones que realmente valen. Podemos seguir yendo a las reuniones al patio grande, pero lo propio será mantenerse sentados, conversando civilizadamente; ya los chicos que brinquen y escalen árboles si quieren, que a uno le basta con que ellos puedan lo que a los grandes nos haría ver ridículos, a ver ¡intenta darte una marometa ahora!... si es que te sale. Me río y me río.

Las relaciones entre las personas tienen reglas precisas, no escritas, pero bien conocidas; las sigues y todo funciona. Si alguna relación cambia, entonces adoptas las reglas más apropiadas para ese cambio. Pero las sigues, porque eso da certidumbre. Puede parecernos que tal estado de cosas atenta contra la espontaneidad, la frescura que debiera caracterizar a las relaciones vivas, ricas en emociones intensas, de amor, de las diversas especies y medidas de amor. Esa conclusión sería correcta si estuviéramos hablando de reglas administrativas o normas legales. Pero se trata de guías para el juego del amor, que nos gusta jugar. Por ejemplo, está la regla del diálogo, que establecería que ambas partes tienen la prerrogativa de expresarse con libertad y la obligación de escuchar con atención y tolerancia. ¿Cómo será exactamente ese diálogo? Bueno, depende de los que intervienen en la relación, porque hay mudos y hay escandalosos, están los que juegan al ping pong verbal y los que hablan simultáneamente, los que se escriben y los que hacen señas, los que se adivinan y los que no dejan nada a la imaginación, los que hablan sólo de su sentir y los que sólo hablan de su pensar. Pero de que debe haber diálogo, debe haber. ¿Por qué? Porque así estamos hechos; nuestro recurso no es marcar un territorio con feromonas o presumir el plumaje, más bien es el diálogo, que no es sino abrir el corazón a otro corazón.

En la liturgia de provecho debe existir ese elemento equivalente, para que las dos personas que intentan encontrarse y mantenerse unidas, adorado y adorador, conozcan al otro, disfruten al otro, lo entiendan y jueguen a ser un eco. La clase de diálogo que se da puede ir evolucionando, pero no debe ni cancelarse, ni estancarse, ni darse por sentado, ni imponerse, que es precisamente lo que ocurre cuando las formas opacan al fondo, cuando la tradición se coloca por encima de la esencia.

Hubo un tiempo en que el protocolo del diálogo en un culto exigía atender largamente un monólogo (¿contradicción?), asintiendo cada tanto, bien con amenes o con respetuosas inclinaciones de cabeza. Sin réplica, sin oportunidad de aportaciones. Pero el organismo social ha madurado, y no hoy; lo lleva haciendo por siglos. En todo caso, podíamos darnos por servidos porque en tiempos de Pablo a las mujeres no se les permitía ni siquiera hablar o preguntar nada en público, y a duras penas se les admitía en algún sitio del culto. Pero no podemos conformarnos con las satisfacciones pasadas. La iglesia, viva, ha crecido y busca otros nutrientes. La dirección paternalista o la exposición directiva de la verdad comienzan a ser contraproducentes, porque ya no es una sociedad que sea menor de edad, sino que hablamos de un cuerpo que quiere moverse, participar, sentir cómo se mueven todos sus músculos. Es un cuerpo, en suma, que piensa y decide.

¿Debe suprimirse la exposición de la verdad? Nunca, claro está, pero el monólogo como estrategia única o predominante, queda corto. Lo mismo podría decirse del resto de las formalidades de la liturgia. Que haya liturgia, pero a tono con el talante y estado de los dialogantes.

En el momento en que la liturgia produce sólo desencuentros, se impone la necesidad de un análisis de fondo y, quién sabe, a lo mejor de una refundación.

09 febrero 2007

¿Se puede ser adventista e izquierdista?

Cuando yo tenía unos 6 o 7 años mi mamá se casó por segunda vez. El infame padrastro resultó ser un tipo sádico de raices católicas. Mi mamá había sido criada como adventista del séptimo día, pero había abandonado la iglesia durante su adolescencia, así que cuando sus hijos nacieron ya no había religión en la casa.

Entonces llegó el tipo y comenzó a enseñarnos el padrenuestro y ángel de la guarda y otros rezos. Pero ciertas noches, acostados todos juntos en medio de una impenetrable oscuridad, nos contaba historias de terror que nos espantaban por completo; cuando él sentía que estábamos al borde del grito interrumpía el relato (que en realidad deseábamos que acabara mucho antes) y nos hacía arrodillarnos para rezar. ¡Y lo hacíamos con verdadero fervor! Claro, estábamos aterrorizados.

Siempre le tuve miedo a la oscuridad en mi infancia. Y además había la creencia entre los niños del barrio que si al oír la sirena de una ambulancia que pasaba te persinabas (como se santiguan los católicos) Dios haría que el lesionado o muerto que buscaban los socorristas no fuera una persona cercana a ti. Y lo creíamos y sin tardanza nos persinábamos en cuanto nos parecía oír el primer ulular.

A punto de arribar a la adolescencia nos fuimos a radicar a la ciudad de México, habiendo pasado mis primeros 10 años en una ciudad del norte a unos 2000 km. Mi miedo me acompañó y también una extraña inclinación por la vida mística. Así fue que alrededor de los 15 años me uní a la iglesia que abandonara mi madre... ¿Fue por temores ancestrales? ¿acaso la creencia en una presencia superior me daba paz? No lo creo, porque, contrario a la experiencia de muchos, la mía fue excesivamente racional; mi fe sigue siéndolo (ya sé que es una contradicción: ¿fe razonable? imposible, dirán algunos), sin casi espacio para la emotividad que otros muestran con una soltura que me asombra.

Para colmo de males, al mismo tiempo que encontré la fe me mostraron amigos míos los rudimentos del izquierdismo. A escondidas leíamos las tiras de Rius, me hablaban de la matanza de Tlatelolco e intercambiábamos cancioneros de canciones de protesta. Uno de ellos incluso me confesó que anhelaba ir a la sierra, unirse a la guerrilla y tomar las armas. Corrían los años 70 y la guerra fría estaba en su apogeo.

Pero ahora, al paso de los años me encuentro atrapado. Sé que algunos creyentes miran con nostalgia la vida relajada que abandonaron o piensan en lo que podrían estar haciendo, sin cargas de conciencia, si no fueran cristianos. Yo, en cambio, miro con nostalgia a un mundo de ideas políticas que se me ha quedado en el tintero. Mi iglesia es harto conservadora y ortodoxa para que quepan estas discusiones (a pesar de quienes prefieren descalificarnos sin diálogo de por medio tachándonos de secta, jiji, como si eso equivaliera a una excomunión... en la cual de cualquier forma no creemos).

Ya no tengo (tanto) miedo a la oscuridad y mi izquierdismo se ha asentado con el tiempo. Pero siento que mi iglesia me quitó algo que era innecesario suprimir, algo que ahora extraño y que me viene bien intentar revivir. Ah, pero aunque lograra la conciliación, ¿no sería vivir un anacronismo con eso de que ahora sólo cuenta la izquierda moderna, light, certificada por la derecha ortodoxa y vigilante?

Ah, las contradicciones de la vida...