A los siete años seguía en mi natal Hermosillo. Mi amá nos llevaba al mar, a Bahía de Kino, que está a 100 km. Claro que en su renault 8 el viaje duraba más de una hora.
No teníamos radio en la casa, o si había nunca se encendía, por eso me intriga que en aquellos viajes los cuatro hermanos, de 6, 7, 8 y 9 años, fuéramos cantando una pieza de Los Payos, luego cantada por José Feliciano, que decía:
En la playa escribí tu nombre
y luego yo lo borré
para que nadie pisará
tu nombre, María Isabel
Estoy seguro de que no entendíamos gran cosa, pero nos parecía una canción para ir a la playa. La acabábamos y luego alguno la reiniciaba casi de inmediato. Cuatro voces infantiles repite y repite lo mismo más de una hora. No recuerdo que mi mamá nos dijera nada. Eso es heroico, ¿no?
Sabíamos que el infierno está abajo; obvio. El problema es que a veces necesitas hacer agujeros. No se puede jugar en la tierra sin algunos. Cuando se nos olvidaba lo del infierno, cavábamos sin preocupaciones. Hasta que de pronto te acordabas y te preguntabas si no habrías llegado demasiado lejos y entonces, espantado, a toda prisa tapabas el hoyo de 5 o 10 centímetros.
Los demonios ya no tenían salida. Estábamos a salvo.
¿Qué más se hace además de jugar todo el tiempo? Hablar, claro. Al menos hasta que a alguien se le ocurrió que la voz podía gastarse. Nomás por prudencia cada tanto nos decíamos que debíamos guardar voz para cuando fuéramos grandes y nos callábamos un rato.
Ay fecha fatal, cuando tuve aquella idea disparatada. Pensé que un día podrían cambiar las cosas, ser exactamente al revés. Imaginé que las cosas podrían caer hacia arriba. Lo imaginé con fuerza, al grado de angustiarme y desear, si eso pasaba un día, estar dentro de mi casa, para caer al techo nomás, porque caer hacia el cielo era horripilante para un niño.
Mi mente no siempre me trata amistosamente. Hasta el día de hoy me horroriza la idea de caer al cielo y debo hacer un esfuerzo por sacudírmela de la cabeza mientras corro a estar dentro de una casa.
En Hermosillo no llueve muy seguido. En una de las temporadas de aguas descubrí que no sabía cómo comenzaba a llover. Le pregunté a los demás y me dijeron burlonamente que ellos sí habían visto.
Una tarde jugábamos fuera. Cayó una gota gruesa. Me detuve en seco. Cayó otra por allá y otra más acá. ¡Comenzó el aguacero! ¡a correr!
Jajajaja, ahora sí sé cómo comienza la lluvia y ya nadie se burla de mí, jajajaja.