16 junio 2009

Amor eterno, amor extinto

Entró la ciencia en la casa y la política. Un amigo de la secundaria me reveló la historia del 68 en Tlaltelolco apenas 7 u 8 años después. Todo estaba tan fresco. El futuro era la izquierda. Incluso cuando me dijo que él deseaba irse a la sierra para unirse a la guerrilla, me nació una envidia totalmente justificada.

Yo no podría hacer eso, era un idealista. Lo soy.
En medio de la turbulenta adolescencia y el mar de ideas revolucionarias, ¿cómo podría hacer Dios para atraer a un cuasi discípulo de Oparin y Darwin? Con una mujer.

A los 15 años asistí casi sin querer a un evento de la iglesia adventista que duró una semana. Ahí la conocí. Nos gustamos de inmediato. Y sin resistirme asistí con regularidad a unos cultos que antes despreciaba. Ella estaba ahí y eso bastaba.

Lo malo es que su padre leyó mis cartas y le pareció demasiado romance para ser saludable y prohibió tajantemente la relación e incluso que me viera y se comunicara conmigo. No hicimos caso, por supuesto. A escondidas nos hablábamos por teléfono. La hermana menor burlaba el cerco y entregaba nuestras cartas de ida y vuelta. Y algunas veces podía acompañarla una o dos calles saliendo de la escuela, hasta donde ya era demasiado riesgo de ser descubiertos.
Y la descubrieron algunas veces al teléfono. Los castigos eran brutales (increíble). No obstante, eso alimentaba el amor, o lo que pensábamos que era amor.

Un sábado de tarde toda la congregación acudió a una enorme propiedad privada en las afueras de la ciudad. Un campo arbolado sirvió de marco para un culto que resultó refrescante.

Al término había que llevarnos de regreso y la opción que quedaba era la camioneta del señor. Con ganas o sin ellas tuvo que aceptar que yo también subiera.

Era una pickup, descubierta. Se llenó de muchachos. Y ella estaba ahí, sentada en un rincón, fuera de la vista de su padre, que conducía. Yo me puse a un lado. Sólo nos miramos y pasamos el recorrido tomados de la mano, en silencio. El sol caía. El aire era fresco. Todo fue ideal.

La prohibición siguió. Los encuentros secretos también. Y las crisis y los maltratos aumentaron.

Al cabo de dos años me armé de valor y me enfrenté al tipo. Aceptó que no tenían caso sus hostilidades y estuvo de acuerdo con que su hija fuera mi amiga.

Entonces ocurrió la primera mala señal. Llegó su cumpleaños a los pocos días del armisticio, del tratado de paz, y le llevé un regalo. Sin embargo, no hubo el jolgorio esperado. Y eso que ahora la dicha no estaba proscrita.

Después, también a los pocos días, fui a visitarla. Sólo estaba con su hermana. Su actitud era algo lejana. Le pregunté qué pasaba y me respondió evasivas. De pronto tocaron a la puerta. Era otro muchacho de la iglesia. Pasó y ella lo hizo sentar a su lado mientras a mí me dejaba solo, frente a ellos. Las cosas se aclararon de golpe. Y un golpe fue lo que di a la pared de la escalera cuando bajé furioso. Sólo la hermanita fue testigo, mientras me miraba apenada, como disculpándose.

Es cierto, me traicionaron, pero una vez en la calle me di cuenta de que me sentía liberado. Ya no la quería tampoco.

Fue la última vez que acudí a su casa. Me alejé en paz, ligero.

01 junio 2009

Construcción de una iglesia

Para Vértice

Quisiera intentar una presentación visual para comunicarme con ustedes. De hecho, inicié el intento, pero soy tan malo y tan lento que acabaría por abollar las ideas.
Mejor con palabras, de esas de barro que conozco, que se llevan bien conmigo y se dejan moldear.
El tema es la Iglesia Vértice. Y dice así…

El propósito de Dios siempre ha sido reunir a su iglesia, la de arriba y la de abajo. Para ello ha asumido el enorme pero didáctico riesgo de confiarnos parte del trabajo: la iglesia de abajo. De eso se trata, de edificar la iglesia, levantar sus paredes y techo, alfombrar su piso y mantener sus puertas y ventanas abiertas para que entre gente y frescura.
La iglesia no es un hospital, por supuesto que no. Es más bien un hogar y una escuela, lugar de futuros y de nostalgias. Es la casa de Dios, ni más ni menos.

En el camino a la iglesia hay, lamentablemente, dos enormes obstáculos: la tradición y la ignorancia. La primera es una telaraña sutil que se ha ido tejiendo con el tiempo; todos somos un poco culpables de sus vicios y también todos somos un poco responsables de sus virtudes. Lo bueno de la tradición es que es un punto de referencia y nos recuerda la necesidad de ritos. Lo malo es que con el tiempo acaba creyéndose infalible e impide la renovación.
Sólo hay una fórmula para desintoxicarse de tradición: desaprender. Da un poco de miedo arrojarse a lo incierto, quitar el pie del muelle firme para saltar a la lanchita que se bambolea en el agua. Pero no hay otra forma: desaprender. Eso quiere decir que agradecemos el pasado glorioso pero lo dejamos ahí, en el pasado, y nos proponemos asumir que hay más, mucho más, y que las respuestas de antes pueden ser cuestionadas.
La segunda pared que se interpone en el camino a la iglesia es la ignorancia. Porque, admitámoslo, no sabemos; así de simple, no sabemos. Cómo se hace una iglesia, cómo se leen los planos, cómo se interpreta la voluntad de Dios, ingeniero infalible… no sabemos.
En parte es culpa de la tradición. Como dábamos por sentado que las respuestas eran ciertas, no nos tomamos la molestia de aprender a buscar otras. Olvidamos cómo leer, cómo reflexionar, cómo pensar. ¿Para qué si el líder en turno tenía la solución? Qué importa de dónde la sacó y cómo, bastaba con saber el rumbo.
Eso funcionaba cuando la comunidad era un ranchito y las veredas pocas, poquísimas. En cambio hoy, el rumbo que hay que tomar es una maraña de opciones, las mentes se han abierto, la información está ahí. Las señales de los tiempos brillan intermitentes como neón retro. Pues hay que aprender. Aunque cueste y lleve tiempo, hay que dedicarse a aprender a aprender. ¿Cuánto? Hasta que todos encuentren por sí mismos la voluntad de Dios. Ya no más fe prestada y argumentos infalibles del recetario. Ahora hay que estudiar y pensar por uno mismo.

Y pasados esos obstáculos, ¿podemos comenzar la edificación? No, aún no. Ante el terreno listo para la construcción nos topamos con que nos faltan recursos y técnica.
Con lo primero quiero decir que nunca hay tiempo suficiente, ni gente ni dinero ni de todo. Parece que la misión de Jesús siempre debe llevarse a cabo en el límite de los recursos. Como es cosa de fe, más vale hacernos a la idea y dejar de angustiarnos. Los recursos siempre se completan justo el día de la inauguración, por lo tanto los planes deben contemplar déficit y compensarse con ánimo. Es más, es imposible sin buen ánimo.
Con técnica quiero decir que también carecemos de talentos y habilidades en la medida justa. La proporción de ineptos siempre es altísima y por lo general las tareas las comienzan los que ni saben ni pueden ni les resulta. Esto no quiere decir, como hacen algunos, que nos resignemos a la mediocridad, dado que no tenemos el don natural. Al contrario, es un aliciente para buscar a los talentosos, llamarlos y prepararlos.
Al principio se puede uno dar el lujo de prescindir de los especialistas. Pero uno tiene que buscar ser un profesional y hacer todo con la excelencia que Dios requería en el santuario israelita.
Pero, ¿qué hacemos si el talentoso no quiere? Querrá otro, vendrá otro; te digo que es cosa de fe. Por tanto, no bajes la norma.

En este proceso hay necesidad de tener a mano dos herramientas básicas del quehacer y las relaciones humanas: el diálogo y la resolución de conflictos. Resultan tan básicas que me intriga observar que no se nos educa en ellas en ningún lado. Da vergüenza, la verdad.
Y es que el mundo sería diez millones de veces mejor si supiéramos intercambiar apacible y racionalmente nuestros puntos de vista, y si tuviéramos buena práctica en resolver nuestras diferencias de manera constructiva.
Pues bien, si nadie nos enseñó, más vale que aprendamos ahora y que practiquemos constantemente, porque construir una iglesia es una tarea de años, pesada y demandante. Sólo es tolerable porque ahí está tu familia, los que amas, y sólo hay familia si hay diálogo y sabemos negociar.
Comienza, por ejemplo, por dialogar sobre cosas nimias: ¿de qué tamaño hacemos la puerta de entrada de la iglesia ideal? Dialoga de todo, en todo tiempo, con toda clase de estrategias interesantes. Sé transparente y democrático, estimula todas las voces. Y cuando surjan conflictos, nada como resolverlos con la Biblia abierta en Romanos 12 y 13.

Finalmente, hablemos de la iglesia en sí, ya no de lo que nos estorba ni de lo que nos falta para construirla.

La iglesia-familia que deseamos debe tener a Jesús en el centro. ¿Y eso qué quiere decir? La respuesta te la digo con dos palabras: Adoración y evangelismo. Adoramos reconociéndolo, dando testimonio de muchas formas, escuchando su palabra, asombrándonos con sus obras. Para saber si adoras bien observa si ocurre lo que dijo Jesús en Mateo 5: que la gente ve las buenas obras y glorifican a Dios. Y observa si pasa lo que dice Pablo hablando de dones: que la iglesia es edificada.
Como adorar implica un reconocimiento de posiciones, la iglesia que soñamos debe tener los elementos que pongan a cada quien en su lugar: él es el padre, yo el hijo. Al proponer cualquier variante litúrgica, al dar un testimonio, al enunciar una verdad descubierta, habría que preguntarse si a los demás les quedará más claro, con mi acto de adoración, que Dios es el padre, el origen y fin.
La contraparte es el evangelismo. No el institucional, el de números y estrategias administrativas, sino el vivencial, el de contacto, el que comienza y termina con tu persona involucrada, no con el esquema de testificación genérica.
La iglesia debe buscar o abrir espacios para compartir, para decirle a otros como nosotros, que hay un camino y que recorrerlo es placentero. La intención, la experiencia y el estilo personal son primero; la estrategia, el material prefabricado, los discursos hechos puede ser que vayan después.
El modelo es la iglesia primitiva y el paradigma es el ex endemoniado gadareno.

Una iglesia como ésta debe estar fundada en la Palabra y techada con las buenas relaciones humanas. Doctrina y corazón, podríamos decir. La Biblia para no extraviarse y el afecto de los hermanos para no desanimarse.
Como era al principio, el centro de la iglesia es el estudio de la Biblia y el estrechamiento de los lazos, lo cual debe reflejarse en la inversión de tiempo y energía. Si tuviera que elegirse entre pocas opciones, hay que escoger la Palabra y la comunión. Justo lo que hizo Jesús durante su ministerio.

Noten que omito la palabra programa. Es que la iglesia no es un sitio de eventos. Debe ser un lugar de encuentros, un punto de referencia con sabor a hogar, trascendente, fundamental, emocionalmente vivo y nutricio.

Ya está dicho, ahora, a construir.

20 abril 2009

iglesia-familia

Algunos han cometido el error de ver la iglesia como un club. Se entra a él cubriendo los requisitos y se obtienen beneficios por fidelidad a las reglas. La falta de cumplimiento, entonces, anula esos beneficios y puede llevar incluso a la pérdida de membresía.
La idea del club está relacionada muy estrechamente con la primacía de las reglas.
Otros, queriendo suavizar la imagen, sugieren otra equivocada: que la iglesia es como un hospital. Eso suena horrendo porque nadie va por gusto a un hospital y si llegas para que te curen, sólo estás pensando en cuándo podrás irte. Ahí todo es tan blanco, tan pulcro; hay poco color y escándalo. Tan es así que cuando te visitan te llevan flores, como para recordarte todo lo bueno que hay afuera y que te está esperando.
La idea del hospital deriva del concepto de que estamos enfermos y que nos hace falta sólo un ajuste para volver a la normalidad.
La mejor imagen para explicar la idea de iglesia, según se ve en la Biblia, es la familia. En realidad puede decirse que es más que una imagen, porque la iglesia es en efecto una familia. Tiene hijos que se fueron, que renegaron de la sangre y la parentela y Dios, el padre, procura recuperarlos mientras al mismo tiempo mantiene a salvo al resto de la familia. Cuando halla a los extraviados que quieren volver los adopta, los hace hijos otra vez. Suena lógico que Dios sea un padre y nosotros hermanos.
Las familias tienen reglas; se supone que son buenas, que todos las conocen y que conviene seguirlas. Pero la familia se funda en la relación de sus miembros, no en esas reglas. Sin reglas puede haber familia (con problemas, pero la hay), pero sin relaciones no. Éstas justifican aquéllas. En la práctica las reglas sirven para poner un marco de desarrollo sano a las relaciones.
Ilustremos.
La adolescencia es una etapa que pone a prueba este esquema. Se me ocurren tres elementos que ayudan a que padres e hijos no sólo sobrevivan a la etapa sino que la disfruten y le saquen provecho: confianza, respeto y diálogo. Son esenciales cuando hay crisis y cuando no (pocas veces en la adolescencia) y lo curioso es que no se establecen en esa etapa sino antes, mucho antes.
Da la impresión de que la crisis se resume a un desafío de las reglas. Los hijos que crecen cuestionan el orden de las cosas y buscan alternativas. Yo creo, sin embargo, que es una crisis de relación. Se trata de probar si los lazos aguantarán la embestida y si valen la pena. Y pasan la prueba cuando están fundados en el amor y son capaces de inspirar confianza, basarse en el respeto y acudir siempre al diálogo.
Cuando no hay una relación sólida y las reglas son sinónimo de obediencia o disciplina no se puede esperar sino fricciones continuas, desconfianza mutua y, frecuentemente, rupturas dolorosas.
Es exactamente lo que ocurre con la iglesia-familia, que como organismo vivo crece, se multiplica y sufre dolores en su desarrollo. Hacer énfasis en las reglas produce conciencias culpables pero no cohesión. En cambio, hacer énfasis en las buenas relaciones produce anhelos y determinaciones.
Me niego a exponer como obligatoria una norma y una doctrina a quien no me interesa. Porque corro el riesgo de que la acepte, de que se haga miembro de mi club y me incomode de ahí en adelante. Sólo puede funcionar si considero a esa persona mi pariente posible y lo trato como tal.

22 marzo 2009

paleta de vida

Somos públicos, nos debemos a a una sociedad. Abrirse paso por ella, establecer lazos y estirarlos, tender puentes y cruzarlos, es una aventura y una batalla. Puesto que no hay semáforos ciertos y el tránsito de las relaciones humanas es complejo, suele haber colisiones. Chocar con elegancia y provecho es una buena cosa para aprender. La adolescencia es el escenario más dramático y delicioso para ello.

Al crecer no sólo sucede de repente que tus brazos están más largos que tus reflejos (tropiezos frecuentes) sino que comienza a brotarte un caudal de emociones poderosas. Ejercen dominio sobre ti y también logran golpear y vencer a otros. El amor erótico, la influencia, la ira destructiva, los celos, la abnegación, el servicio, una visión romántica… ¿no te parece extraordinaria esta paleta de colores?

19 marzo 2009

Rico dolor de ser persona

“Yo mismo concuerdo con Kurzweil en tres puntos principales. Primeramente, que cualesquiera que sean las cualidades purificadores o ennoblecedoras que pudiera tener el sufrimiento, esas cualidades son sobrepasadas por la jodidez fundamental del sufrimiento. Si yo pudiera con presionar un botón liberar al mundo de la soledad, la enfermedad y la muerte –con el inconveniente de que la vida podría volverse banal sin la gracia de la tragedia- probablemente dudaría unos cinco segundos antes de hacerlo. Como dijo Tevye de la ‘maldición’ de la riqueza: ‘quiera el Señor herirme con esa maldición ¡y que nunca me recupere!’” Scott Aaronson

Pero, ¿es que es verdad que estamos tan cerca de lograrlo? El optimismo tecnológico es tan cierto; no, no suena a voz de sirena, no puede ser ¡ni modo que seamos tan ingenuos para dejarnos engañar! Anda, de allá viene el llamado, ¡rememos!

Y supongamos que alcanzar la plenitud, vencer la enfermedad y la muerte nos costara el alma, la esencia humana (tomo el pensamiento de la cita inicial); es decir, que tener vida eterna implicara anular todo drama posible, las pasiones de todo calibre y hasta las dudas, el sarcasmo, los sueños imposibles (claro, si nada fuera imposible). ¿Estaríamos dispuestos?

¿Qué clase de cuentos y canciones, por ejemplo, produciría una raza insensible, sabedora que no hay error posible cuando se tienen por anticipado todas las soluciones?

Entonces, mejor conservamos el dolor. O ¿habrá otra fórmula?

16 marzo 2009

La música es sonido

La música es sonido, simple y físicamente, y a la vez un misterio. ¿Cómo logra ese sonido movernos interiormente?

Una noche cualquiera, cuando la deja frente a su casa, él se atreve por fin a declararle su amor. Ella lo mira absorta, con una alegría serena que lo hechiza. Y quedamente, casi en silencio, dice que sí; entonces, para no gastarse la magia del momento, se despide y lo deja solo a la entrada. Él, por un instante no quiere moverse ni respirar, luego no le importa que se vea tan ridículo riéndose solo, abrumado de dicha. Y se va, caminando ligero, dando saltos; pero ¿qué hace mientras se marcha? Canta, le brota una música feliz.

Algún día, después de 50 años, ella está sola y anciana. De algún lugar proviene esa melodía conocida. Ella se dice, como lo hacía cuando él aún estaba: “Están tocando nuestra canción”. Con toda naturalidad la entona, muy bajito, imperceptiblemente; y las lágrimas ruedan por sus mejillas. La música se lo ha traído de nuevo, como antes.

13 marzo 2009

Créditos

Según veo el círculo de conocidos blogueros y un servidor solemos escribir como si fuera un soliloquio. Estamos en la vitrina, pero le damos la espalda a la calle. Otros usan sus blogs como fuente de noticias y le escriben explícitamente a los lectores. Yo no.

Como no suelo hacer eso, me cuesta, me suena raro. Supero sin embargo la falta de práctica porque es justo repartir medallas y diplomitas a los que me aportan un trozo de su ventana del tren para ver otros paisajes.

Sin querer ser exhaustivo empiezo como saltan a la mente.

ForoFit no es una persona sino el foro de la facultad de ingeniería de la uni. No somos tantos los que posteamos, pero de vez en cuando se pone candente la cosa y muchas veces muy divertida e instructiva. El sitio: Foro de la Fit.

Íver, excelente redactor y filoso crítico de la realidad. Siempre en apariencia a punto del caos, de hablar rápido… cosa de pulirse, jiji. Su blog: Burn after reading.

Merab, la poetisa; hubiera querido compartir otras clases con ella porque sospecho que los debates habrían estado buenos. Con el corazón en la mano, como extrañando siempre algo. Su blog: Mer.

Yeyis es verde; somos casi paisanos, buenos hermanos y amigos entrañables. No escribe con frecuencia ni con pasión bloguera. Tiene un plan emocionante para cuando sea una profesional de la comunicación. Su blog: Ideologías.

Daniel, que yo digo que no es un ingeniero en sistemas, sino un ingeniero visual, además de jazzista. Hemos tenido unas discusiones excelentes que ponen filosa la mente. Su blog: Cristianismo, tecnología, música y más…

Zaraí me da la impresión de diluir todas las penas que la asaltan. Es una comunicóloga romántica siempre, pero de las que no empalagan. Su blog: Escribiendo mucho más.

[Fuera de programa: Ni el wero ni Jairo tienen blog, no les hace falta. Juntos hicimos el e42, que es el LMS de la UM (vamos, el sistema de educación en línea). Eso fue hace eones, o sea, hace siglos, pero seguimos haciendo equipo de vez en cuando. Ellos son dos razones que hacen la uni soportable].

Vértice es un ministerio que se ha hecho notorio por su música, aunque en realidad son muchísimo más. Es curioso que sin comulgar con sus gustos musicales ni de worship en general, me interesen tanto. Es que en cierto modo me alegra la libertad que conquistan palmo a palmo y a la que todos tenemos derecho, especialmente tratándose de adoración a Dios. Su blog: Vértice.

Lizo, claro, cómo que se me estaba pasando. Su pa’ y yo nos echábamos de habladas rebuenas hace tiempín. Ella heredó un poco de esa tiesura. Buena redactora periodística y además, como Yeyis, entiende mis chistes chilangos, jiji. Su blog: Lizo’s.

A ver, ¿no se me olvida alguien?

11 marzo 2009

Dicha con hierbas

Salta sobre la hierba, come del aire lo necesario y corre veloz perseguido por su sombra. Alegre, hundido en el jolgorio, se ríe de la nube metamorfosis; recargado en el árbol grueso pasea una ramita entre los dientes y cierra los ojos. El cansancio dulce lo adormece, una suerte de recuerdo festivo le estira la risa en medio del campo.

Cuán buena es la vida. Ha valido la pena todo.

10 marzo 2009

Vigilias

Como lo han hecho y lo harán en el futuro todos los niños, también me ocurrió que despertaba en las noches. El silencio completo, la oscuridad y la sorpresa de estar despierto en la quietud de la madrugada son para asustar a cualquiera.

Mis ojos de niño adivinaban horripilantes monstruos en los rincones y fantasmas espantosos a punto de saltar sobre mí. Afortunadamente un bendito sueño nos arrebata pronto y pasamos indemnes el sobresalto nocturno.

Pero sucedió que en una de ésas preferí correr a la cama de mi mamá. Adormilada me recibió y me hizo espacio. Me acurruqué en un instante y sentí que me hundía entre colchas y esa cama blanda. Tal vez por eso no pude dormirme. Probé una posición y luego otra y otra. Sin la menor preocupación la pasé revolviéndome largo rato... hasta que una voz firme y fuerte sonó:

—¡Ya estáte quieto! ¡pareces un gusano! ¡no te muevas!

La voz enfadada de mi mamá me congeló. Y produjo magia también; en ese instante descubrí que había quedado quieto en una postura cómoda y placentera.

Casi al instante me sumí en un profundo sueño.

26 febrero 2009

La no fe de Carl Sagan

La web parece inundada de muchísima más información que la que tiene realmente. La verdad es que muchos internautas no generan nueva información sino que replican otra.

Doy esa breve explicación para excusarme que parezca hacer eso (contra mi costumbre). Mi aporte ahora es sólo unas poquitas líneas y es en realidad una reacción. Así que, con tu permiso, te anoto íntegramente un par de párrafos de y sobre Carl Sagan tomados de Libros y más libros.

Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo y de las antiguas tradiciones culturales de todo el mundo que afirman la existencia de otra vida, nada me indica que tal aseveración pueda ser algo más que un anhelo.
Deseo realmente envejecer junto a Annie, mi mujer, a quien tanto quiero. Deseo ver crecer a mis hijos pequeños y desempeñar un papel en el desarrollo de su carácter y de su intelecto. Deseo conocer a nietos todavía no concebidos. Hay problemas científicos de cuyo desenlace ansío ser testigo, como la exploración de muchos de los mundos de nuestro sistema solar y la búsqueda de vida fuera de nuestro planeta. Deseo saber cómo se desenvolverán algunas grandes tendencias de la historia humana, tanto esperanzadoras como inquietantes: los peligros y promesas de nuestra tecnología, por ejemplo, la emancipación de las mujeres, la creciente ascensión política, económica y tecnológica de China, el vuelo interestelar.
De haber otra vida, fuera cual fuere el momento de mi muerte, podría satisfacer la mayor parte de estos deseos y anhelos, pero si la muerte es sólo dormir, sin soñar ni despertar, se trata de una vana esperanza. Tal vez esta perspectiva me haya proporcionado una pequeña motivación adicional para seguir con vida. El mundo es tan exquisito, posee tanto amor y tal hondura moral, que no hay motivo para engañarnos con bellas historias respaldadas por escasas evidencias. Me parece mucho mejor mirar cara a cara la Muerte en nuestra vulnerabilidad y agradecer cada día las oportunidades breves y magníficas que brinda la vida.

  ¿Qué puedo decir a esto? Nada, que el tipo es admirable. Su argumentación irrebatible. Pero...

— Esto es un velatorio —me dijo serenamente Carl—. Voy a morir.
— No —protesté—. Lo superarás como ya hiciste antes, cuando parecía que no quedaban esperanzas.
Se volvió hacia mí con el mismo gesto que yo había contemplado incontables veces en las discusiones y escaramuzas de nuestros 20 años de escribir juntos y de amor apasionado. Con una mezcla de buen humor y escepticismo, pero, como siempre, sin vestigio de autocompasión, repuso escuetamente:
— Bueno, veremos quién tiene razón ahora.
Sam, de cinco años ya, fue a ver a su padre por última vez. Aunque Carl luchaba por respirar y le costaba hablar, consiguió sobreponerse para no asustar al menor de sus hijos.
— Te quiero, Sam —fue todo lo que logró musitar.
— Yo también te quiero, papá —dijo Sam con tono solemne.
Desmintiendo las fantasías de los integristas, no hubo conversión en el lecho de muerte, ni en el último minuto se refugió en la visión consoladora de un cielo o de otra vida. Para Carl, sólo importaba lo cierto, no aquello que sólo sirviera para sentirnos mejor. Incluso en el momento en que puede perdonarse a cualquiera que se aparte de la realidad de la situación, Carl se mostró firme. Cuando nos miramos fijamente a los ojos, fue con la convicción compartida de que nuestra maravillosa vida en común acababa para siempre.

La última línea es demoledora. Aunque no justifico la fe que tengo, alegando que me salvará de la nada y el vacío, de paso, creo que sí me podría salvar. Es decir, no digo: "Pobre Carl, tan inteligente y mira, cuando venga Jesús yo sí iré a la gloria ¡y seré más listo que él!" Por ahora me concentro en la tragedia. La muerte lo es y que rompa de tajo y sin remedio todos los lazos, lo es más.

Y mira, sin querer viene a cuento ¿Acaso no te importa que me muera?

25 febrero 2009

Escala financiera relativa

El escándalo que faltaba: el ex operador de Wall Street Bernard Madoff fue detenido hace semanas acusado de un fraude por nada más y nada menos que 50 mil millones de dólares. Varias instituciones financieras se aguantaron la vergüenza para admitir que fueron víctimas de una suerte de pirámide financiera.

No es que sorprenda las muestras de deshonestidad y la codicia sino la escala. Hay proporciones para el asombro.

En contraste las autoridades mexicanas estuvieron ncantadas con la propuesta del sector patronal de apoyar un incremento de 2 pesos diarios al salario mínimo (no, la cifra es correcta; dos pesos). Pasarse de ahí sería arriesgar la viabilidad de nuestras empresas, alegan. Lo que sí sería una medida sana, continúan, es que se liberaran los precios de bienes y servicios.

El mismo cuadro en otra escala.

http://www.jornada.unam.mx/2008/12/16/index.php?section=economia&article=044n1eco

23 febrero 2009

me convierto en raíz

Siento que me vuelvo radical, que al paso del tiempo se me gasta la cáscara, la piel benigna, y me quedo en cueros, exhibiendo el trayecto de los nervios y las arterias sin rubor.

¿No debería ser al revés? Que la rebeldía flaca de la juventud acumule grasa y ropas, hasta quedar acolchonada y volverse tenue y anecdótica. Se supone que uno descubriría que no vale la pena tanto pleito, que en aras de la tolerancia se deben arrojar las armas al pozo. Entonces emprenderías un cómodo camino descendente para arribar a la ancianidad que perdonó todo.

Ayer leí la entrevista que le hicieron al ministro de Economía y Finanzas de Venezuela. Alí Rodríguez militó en la guerrilla en los años 60. Es llamativo que el entrevistador anote varias veces que el tipo parece seguir en pie de lucha. Digo, no es que se haya vuelto radical, es que se ve que no dejó de serlo.

Tal vez se trata de una sed que no se apagó. Sed de agua buena, de la fresca, que te devuelve lozanía y te arranca suspiros. Y yo, señores, no quiero quedarme con se'.

Radical viene de la palabra "raíz". "Quitar de raíz" quiere decir que eliminas de una buena vez un problema. Pero "sacar raíz" quiere decir en matemáticas otra cosa (explicado suena feo, porque es encontrar el número que elevaste a la inversa de la raíz).

Me vuelvo raíz porque me está comenzando a importar poco el follaje y las ramas de las que colgaba el columpio. Quiero escarbar en la tierra y ver de dónde fregados chupa sus jugos la vida que insiste. Entender y estar de acuerdo. Nada más ni nada menos.

27 enero 2009

Duermevela

Dos hielos en mi te, por favor; que se enfríe un poco más rápido, pero que dure la tibieza.

En la infancia compraba medias naranjas en el recreo; no, no las compraba, mi memoria me engaña, nunca tuve dinero para semejante lujo.

Los muchachos de quinto año eran mucho más grandes. Rezagados de otras escuelas, habiendo perdido varios años, se sabían intimidantes;. Ellos ya lucían algún mostacho, ellas algunas curvas. Yo tenía 10 años y me protegía mi inusual cabello largo y la inteligencia, que no me alcanzaba para entender todo lo que veía y oía.

Ahora era su voz espantosa; vuelve al comienzo el ciclo. Las paredes pegajosas, qué asco; cállate, por favor, cállate, déjame salir. No es como si me ahogara, sino como un vértigo. Recomienza el ciclo.

-Más te, ¿joven?
-No, gracias; aún no logro enfriarlo del todo.
-¿Se le ofrece algo más?
-Dos hielos en mi te...

Siempre le gano al adversario cuando lo imagino. Con una argumentación irrebatible me impongo y él humilde lo acepta. Es como gritarle: "¡Ja!", pero con elegancia.

-Más te, ¿joven?
-No, gracias; aún no logro, aún no logro, aún no logro, aún no logro, aún no logro.
-¿Se le ofrece algo más?
-¿Qué más se puede desear?

Se me acerca la enfermera de turno; no necesita tomar mis signos. Se vuelve a ella, la mujer vigilante de rostro casi blanco, casi de papel, ojeroso, que me limpia el sudor de la frente cada tanto. Y le dice: "Sigue delirando, ¿verdad?". "Sí", responde ella, sin quitar la vista del sudor que vuelve a la frente que se agita.

15 diciembre 2008

Quién decide

Al primer mundo le tiemblan las rodillas, sufre bochornos. Lo ves y sientes lástima. ¿Cómo mantendrán ahora su sofisticado tren de vida? Su tragedia es casi conmovedora.

Para el noticiario entrevistan a consumidores en cierto mercado atiborrado que se prepara para la navidad. Ahora compran menos y lo hacen con lista en mano. ¿Y el año pasado? Pues en medio del espejismo admiten que antes no, iban así nomás, a que el mercado decidiera, a que la mercadotecnia decidiera.

Bienaventurados los capitalistas porque hasta en la crisis recibirán bendición. La de ahora es que al fin descubrieron el valor de ser un consumidor sabio, o bueno, con sentido común al menos.

La pregunta sigue en pie: ¿Quién decide? Si he de juzgar por lo que vemos diría que navegamos por instrumentos, que dejamos que el viento sople y llene la vela y empuje. Nos abandonamos cómodamente al oleaje. Es tan romántico, es extremo, es aventura. Ya veremos qué haremos al borde de la cascada. Pero ¿de verdad hay cascadas? pensé que eran elementos para dramatizar los escenarios de cuentos infantiles.

Al mismo tiempo, en este trozo de tercer mundo que es México, la clase política discute la conveniencia de aprobar la pena de muerte para los criminales irredentos que han osado poner al descubierto la ineptitud del estado.

No preguntes quién decide. Es la víscera.

Qué triste humanidad. Miles de años caminando por la calzada de la civilización y parece que no hemos aprendido nada. El cerebro está resultando un adorno francamente ridículo.

06 diciembre 2008

Lejano cercano

El verdadero dolor de la muerte es la distancia, que extiendas la mano y no logres alcanzar al otro, al que te importa, o a ella, la que amas (si no tienes inconveniente, deja que estas letras giren en torno de ella y apenas un poco de los otros). Por eso la separación o el desamor son como morirse, porque nos dejan al borde de un abismo hondo e insalvable y en la otra orilla, ella borrosa, como un espejismo. Nos atormenta la duda de si sigue siendo real, si sigue ahí; pero aunque lo supiéramos con certeza, ¿qué del abismo?

La época navideña destila nostalgia, precisamente por lo que no está, por lo que se ha alejado en el espacio y en el tiempo. En mi casa habrá siempre una silla vacía (al menos una). Hay distancia pero no hay olvido; en este caso ella era mi hermana.

Otra hierba que alimenta esa tristeza decembrina tan delgadita es la lejanía de la infancia inacabada, de los cabos sueltos. Lo bueno es que no es tan trágico porque siempre habrá algunos niños cerca dispuestos a heredar la sencilla misión de ser felices con total simpleza, sin importar las vueltas y revueltas del mundo. Verlos es una suerte de alegría por sustitución; y eso vale, por supuesto.

Otra distancia es la limitación de no ser omnipresente. A lo largo de la vida vas atándote a la gente, que no es familia pero igual reclaman su trozo de corazón y pensamiento. Cuando llega el día de la cena familiar, del club exclusivo de lo consanguíneo, descubres que también te gustaría darte una vuelta por donde están en ese momento los amigos. Nomás para echar de habladas, repartir abrazos, confirmar que sigues al alcance. Sería genial poder estar en varias partes a la vez aunque fuera un día.

Están también los dolores del prójimo próximo, muchas veces inesperados. En estos días el abuelo tuvo un accidente; está algo mal, pero lo que realmente tiene enferma es el alma. A ratos no quiere saber más de nada. Ella se le murió hace un par de años y al abuelo le quedo un vacío gigantesco, un vacío entero que quema. Los hijos tal vez quisieran amarrarlo a esta vida para no heredar el vacío. La vida no es justa, es todo lo que puedo decir.

Cada fin de semana desde la ventana del comedor escucho que un muchacho habla por teléfono largamente. Es extranjero; a veces creo que es su madre quien está al otro lado. Su charla fastidia porque es escandalosa. Sin embargo, reconozco que es justa y necesaria. Y es que me recuerda que en mi adolescencia me encantaba una niña de mi grupo de segundo de prepa. No tenía teléfono en la casa y me iba a la esquina al teléfono público, que funcionaba con monedas. Me acomodaba y sacaba una veintena de monedas para hablar toda la tarde... hasta que se formaba una fila detrás de mí; la gente nomás de ver mi pila de monedas, se indignaba. Las señoras protestaban, los señores hablaban de prioridades y yo acababa colgando, atormentado por la distancia que no lograba salvar de una buena vez.

Luego de 20 años me reencontré con un amigo por email. En aquel tiempo él usaba unos jeans tan fachosos como los míos, estudiábamos medicina, nos encantaba el fútbol americano y el campismo. Con esa combinación bastaba para ser los mejores amigos. Planeamos encontrarnos dentro de unos días con nuestras familias.

La distancia también puede acortarse. Son compensaciones de la vida.

Hay otras treguas disfrutables. Tengo una amiga muy entrañable. La palabra que se usa para decir que ella me importa mucho es "cercana" y no es coincidencia. Cuando ella quiere estira la mano hacia acá, hacia el norte y sí me alcanza. Cuando yo quiero no estiro la mano, mejor la abrazo y hablamos de la vida cotidiana y de lo que se nos pega la gana. Me gusta como suena eso: "ella me importa".

Dios está cercano. Eso sí que vale. Lo cual me recuerda la razón por la que la temporada navideña, con todo y sus déficit, sigue siendo de lo mejor.

25 noviembre 2008

¿Estrés? N'ombre, ni le hagas caso

Recetas infalibles y probadas para desestresarse. Te las comparto porque estamos en confianza.

Cuando tenía 13 años

Conozco bien el metro del DF. Mi hermanito menor está en una guardería cerca del centro y un día me toca a mí recogerlo, otro a mi hermano Luis y otro a alguien más.

Luego de tanto viaje hay que echar mano de toda clase de trucos para no dejarse dominar por el hastío. Yo, por ejemplo, observo que en el techo del vagón hay dos largas hileras de lámparas fluorescentes. Las protegen una pantallas translúcidas. Cuento los tornillos que sostienen cada pantalla; calculo cuántos tornillos se requieren en el vagón. Hay 9 vagones. Ya sé cuántos tornillos de esos tiene el tren en el techo.

Esas cuentas me dejan listo para la dicha y los sueños.

Cuando tenía 15 años

Me levanto a media mañana; mis clases son en la tarde, así que no hay prisa. La mitad de la familia se ha ido a la escuela o al trabajo, la otra mitad somos unos flojos consumados.

Me dirijo al refrigerador y lo abro; saco un huevo. Ahora voy a la ventana de la sala y la abro. Miro desde nuestro segundo piso. Arrojo el huevo; a los dos segundos se estrella en el piso del estacionamiento. Cierro la ventana. Estoy listo para el trajín del día.

Cuando tenía 20

Voy al Sanborns ya noche, a la sección de revistas. Busco las de computación y en ellas los artículos sobre la línea Commodore. No tengo para comprarla y quiero el código de algún programa que sugieren. Así que miro y miro y miro la página hasta aprenderla.

Regreso a casa. Conecto el cpu a la tv, introduzco el código que recuerdo y no funciona. Como no tengo un medio de almacenamiento permanente, todo se pierde al apagarla. Volveré al Sanborns al otro día a ver qué falló. Pero esa noche duermo a pierna suelta.

Cuando manejo solo en carretera

Canto. Si es entre marzo y diciembre, elijo una navideña. En otros tiempos, tarareo cualquier cosa. Canto fuerte. A los tres versos me he callado porque la imaginación se va lejos. En ella charlo con quien quiero, llego a otros destinos, me anticipo a mis sueños y los cumplo.

De pronto reacciono. He avanzado 10 km y no lo recuerdo. He estado manejando sin darme cuenta. Simplemente no recuerdo lo que hice en los minutos anteriores. Sin querer me he quitado más estrés de la cuenta y sé que para sobrevivir hace falta aunque sea un poquito.

Me preocupo un poco, me estreso de nuevo y ya está. Listo para volver a cantar.

19 noviembre 2008

Estampas de pequeño

Tomado de http://recogedor.blogspot.com/2007/06/renault-gordini-y-r-8.html A los siete años seguía en mi natal Hermosillo. Mi amá nos llevaba al mar, a Bahía de Kino, que está a 100 km. Claro que en su renault 8 el viaje duraba más de una hora.

No teníamos radio en la casa, o si había nunca se encendía, por eso me intriga que en aquellos viajes los cuatro hermanos, de 6, 7, 8 y 9 años, fuéramos cantando una pieza de Los Payos, luego cantada por José Feliciano, que decía:

En la playa escribí tu nombre
y luego yo lo borré
para que nadie pisará
tu nombre, María Isabel

Estoy seguro de que no entendíamos gran cosa, pero nos parecía una canción para ir a la playa. La acabábamos y luego alguno la reiniciaba casi de inmediato. Cuatro voces infantiles repite y repite lo mismo más de una hora. No recuerdo que mi mamá nos dijera nada. Eso es heroico, ¿no?


Sabíamos que el infierno está abajo; obvio. El problema es que a veces necesitas hacer agujeros. No se puede jugar en la tierra sin algunos. Cuando se nos olvidaba lo del infierno, cavábamos sin preocupaciones. Hasta que de pronto te acordabas y te preguntabas si no habrías llegado demasiado lejos y entonces, espantado, a toda prisa tapabas el hoyo de 5 o 10 centímetros.

Los demonios ya no tenían salida. Estábamos a salvo.


¿Qué más se hace además de jugar todo el tiempo? Hablar, claro. Al menos hasta que a alguien se le ocurrió que la voz podía gastarse. Nomás por prudencia cada tanto nos decíamos que debíamos guardar voz para cuando fuéramos grandes y nos callábamos un rato.


Ay fecha fatal, cuando tuve aquella idea disparatada. Pensé que un día podrían cambiar las cosas, ser exactamente al revés. Imaginé que las cosas podrían caer hacia arriba. Lo imaginé con fuerza, al grado de angustiarme y desear, si eso pasaba un día, estar dentro de mi casa, para caer al techo nomás, porque caer hacia el cielo era horripilante para un niño.

Mi mente no siempre me trata amistosamente. Hasta el día de hoy me horroriza la idea de caer al cielo y debo hacer un esfuerzo por sacudírmela de la cabeza mientras corro a estar dentro de una casa.


En Hermosillo no llueve muy seguido. En una de las temporadas de aguas descubrí que no sabía cómo comenzaba a llover. Le pregunté a los demás y me dijeron burlonamente que ellos sí habían visto.

Una tarde jugábamos fuera. Cayó una gota gruesa. Me detuve en seco. Cayó otra por allá y otra más acá. ¡Comenzó el aguacero! ¡a correr!

Jajajaja, ahora sí sé cómo comienza la lluvia y ya nadie se burla de mí, jajajaja.

17 noviembre 2008

Medida de amor

El amor se mide con las zancadas que das corriendo para llegar a tiempo a su encuentro. No a tiempo; llegar antes por el ansia de las miradas y los besos.

El amor se mide con los brazos extendidos, la mirada al cielo, parado de puntitas, descosiéndose de risa, risa loca de enamorado que acaba de oír el sí; el sí quedito y luminoso.

¿Que cuánto te quiero? Así, y extiendo mis brazos, los extiendo mucho. ¿Que cuánto te amo? Así, mira, y corro a tu encuentro para no llegar a tiempo sino antes.

10 noviembre 2008

Masa embrujada

Y bien, ¿qué la pasa la gente? ¿qué hilos invisibles los mueve hacia el logro de objetivos comunes?

En agosto pasado vi un rato la ceremonia de inauguración de los olímpicos chinos. Aburridas como suelen ser, porque uno no está en el estadio para aturdirse con el sonido en vivo y perder y recuperar la vista a intervalos, es llamativo que hay cientos de personas (miles) en sencillas coreografías que son complicadas por las dimensiones y porque la escenografía magnifica las cosas.

¿Por qué danzan juntos, al unísono, todos? ¿por qué quieren aparecer ahí, masa mayúscula, masa humana, masa y masa? El líder que logra eso demuestra el poder misterioso de su influencia.

Millares van a la guerra y se matan. ¡Y algunos quieren hacerlo! Líder, ¿qué les diste? ¿qué embrujos secretos conjuraste, que discurso seductor pronunciaste, qué?

Muchos danzan, muchos combaten, muchos edifican, muchos protestan. Nos encanta que uno mande, que nos diga el camino, porque así no hay extravío. Y aunque lo haya y lo adivinemos, basta con que él sepa más y mire el futuro con el cinismo que quisiéramos, tratándonos paternalmente.

Claro que aborrezco los movimientos homogenizadores y la pretensión de uniformarme. Prefiero sentirme desprotegido, que me caiga confianzuda la lluvia por no andar bajo el paraguas del líder impecable. Quiero más la libertad de mis tripas y mi encéfalo que tener calor prestado en la epidermis.

Pero no debo pasarme de listo, porque hay organizaciones de masas que buscan aires democráticos y críticos. Y además, es imprescindible estar organizados. Y alguien debe tomar las decisiones últimas. Me gusta la idea de una orquesta, en la que todos tocan a conciencia, no dos o tres compaces tras el director, sino a la par de él.

Hay un liderazgo bueno, se ve. El otro es una lepra.

24 octubre 2008

Tiempo del fin. día del Señor

lo importante es quién viene, no la segunda venida como noticia

un paralelo con la historia de jeremías

Jeremías fue un profeta que vivió con el corazón en la mano y el Jesús en la boca. Dios lo llamó a una tarea que le estrujaba el corazón todos los días. Se la pasó llorando por su gente, haciendo corajes contra sus enemigos, desesperado por las calumnias. Siempre a un tris de morirse de pena.

La nación a la que tuvo que predicarle tenía algo más de 800 años de existencia. No son pocos, y si le sumamos el tiempo de los patriarcas tenemos que como pueblo escogido desde Abraham acumulaban la friolera de 1,400 años. No todo mundo puede jactarse de esa historia.

El tiempo transcurrido fue más que suficiente para modelar la imagen tradicional de los israelitas... por fuera. Eran, en el papel, el único pueblo monoteísta, poseedores de una misión mundial y dotados de dones sobrenaturales. Al lado de las demás naciones lucían excéntricos, demasiado diferentes para suponer que su modo de ser fuera producto de su ingenio o la creatividad de algún líder visionario. Su dios oficial, por mencionar algo, era invisible, santo hasta el extremo y alegaba ser el creador de todo, de todo, de todo. De t-o-d-o.

Eso es demasiado.

Lo mejor del asunto es que los israelitas tenían en las manos las pruebas de que era cierto. Pero lo inexplicable es que en 1,400 años el tiempo de verdadera fidelidad de Israel al Dios que los había salvado era ridículamente poco. Su rebeldía era tan constante que llegó un momento en que se incorporó a la esencia de la nación. Primero internamente; por fuera siguieron siendo jehovistas, pero en el fondo envidiaban a los otros, los libres, los que podían creer en lo que les diera la gana y tener esas orgías de dioses en cantidad. No pasó mucho y al fin salieron del clóset y de una vez llevaron ídolos al mismísimo templo de Dios.

Ésa fue traición de la peor calaña.

Ahora es cuando aparece Jeremías, cuando la nación se dirige alegremente al precipicio. Babilonia, al oriente, ha acabado con los temibles asirios, los lejanos lidios y pronto humillará al poderoso ejército egipcio. En medio del escenario, Palestina. Y ahí, lo que queda de Israel, el reino del sur, Judá, y el resto desnutrido de las doce tribus, lo que sobrevive.

El mensaje de Jeremías fue simple y repetitivo: "Hermanos, Dios los eligió para que fueran santos y sus mensajeros; hizo un pacto con ustedes: si son fieles, podrá protegerlos y bendecirlos; si no lo son, nos los obligará, tendrá que irse y los dejará a su suerte". Ay, pero eligieron romper el pacto; querían las bendiciones pero no las responsabilidades. Ay, de tanto ver las pulidas piedras del templo lo imaginaron casi con vida propia. No podía ser cierto lo que decía el profeta; a Jerusalén no puede pasarle nada ¡porque aquí está el templo sagrado!... ni modo que Dios destruya su propia casa, ¿verdad?

Dios era un padre persistente, pero se le habían acalambrado los brazos de tanto extenderlos; esos hijos ingratos lo habían humillado demasiado. Agradecían a figuras inertes de madera y piedra la lluvia de Dios; adoraban imágenes repugnantes y suponían que Dios, al fin un dios, estaba confinado a las fronteras físicas de Judá, obligado como el genio de la lámpara a conceder deseos.

Las profecías falsas caían una a una sin cumplirse, mientras los dichos de Jeremías se cumplían con estremecedora exactitud. Y aunque los profetas falsos mentían descaradamente, los judíos les creían y perseguían a Jeremías ¡por decir la verdad!

Un día la ciudad santa amaneció rodeada por las hordas incontenibles de Babilonia. Jeremías volvió a tener razón y por eso lo echaron en un pozo fangoso, para matarlo lentamente, enterrado en vida.

El asedio contra Jerusalén duró tres años. Las madres delicadas y correctas se habían comido a sus hijos pequeños por la hambruna. Jeremías, ay, tuvo razón otra vez; tristes profecías cumplidas que sólo hablaban de desolación. Los muertos se acumularon en las calles. El templo de Salomón, descuidado, profanado, estaba sentenciado.

Un día ya no hubo ciudad. Los babilonios entraron para arrasarla, quemaron palacios y casas, derribaron los muros. Mataron a los nobles, expulsaron a todos, robaron todo, dejaron nada. Sólo cerros de muertos, sin rey, sin nobles, sin sacerdotes, sin templo, sin muro, sin alma se quedó el país rebelde y ligero.

Jeremías llora ríos; no es tristeza, no es pena, es un puñal clavado en los pulmones que no lo deja respirar, es un mazazo en el pecho que lo dejó seco y con la entraña muerta. Sus hermanos están muertos y Dios se fue. Él lo vio irse, Dios con la cabeza gacha. Es más de lo que se puede aguantar.

Esas calamidades cataclísmicas eran de una dimensión tan extraordinaria que en el Antiguo Testamento se conocieron genéricamente como "día de Jehová".

Qué bueno que descansas en tu tumba, Jeremías, porque viene, está cercano, el gran día del Señor. La calamidad amenaza al mundo entero, pero esta vez algunos escucharán, porque no hablamos como tú sólo a un pueblo sin remedio; somos Elías en el cerro y ahora sí saldremos ganando.